Micro Relato Sáfico: Lo que se cayó en Casto

Microrrelatos Sáficos · Nº 002

Lo que se cayó en Casto

Un relato lésbico corto sobre un bolso en el suelo, una conversación que no tenía que durar tanto y una chica que siempre había tenido novio.

Antes de empezar

Este es el segundo microrrelato sáfico de PrideChueca: ficción corta, de las que se leen con un café delante, ambientada en sitios reales de Madrid. Si te perdiste el primero, La otra austriaca va de dos chicas incapaces de hablarse en un hostel de Chueca. Este va de algo parecido, pero peor: de no saber ni qué te está pasando.

Clara tenía treinta y cuatro años, un portátil con la batería al once por ciento y un sábado por la mañana que había decidido dedicar a «ponerse al día». Eso, en su idioma, significaba sentarse en Casto, en Chueca, pedirse un café y fingir durante dos horas que contestaba correos mientras miraba pasar gente por la ventana.

Le gustaba ese sitio porque nadie tenía prisa. En Madrid eso es casi un lujo. La gente leía, hablaba bajito, alguien siempre estaba partiendo un dulce en dos para compartirlo. Clara llevaba un rato allí cuando se levantó a por una servilleta, se enganchó con la correa del bolso, que colgaba del respaldo de la silla, y el bolso hizo lo que hacen los bolsos en el peor momento posible.

Se abrió en el aire.

Las llaves, un pintalabios, tres tickets arrugados, un cargador, un paquete de pañuelos, un caramelo de menta de origen desconocido y, rodando con una dignidad insultante hacia la mesa de al lado, un bálsamo labial que llevaba dos años sin usar.

La de la mesa de al lado

Antes de que Clara pudiera agacharse, la mujer de la mesa de al lado ya estaba en cuclillas recogiendo cosas. Pelo castaño recogido de cualquier manera, un jersey verde botella, y una sonrisa que se le notaba en la voz antes de verla.

—Esto es tuyo —dijo, levantando el bálsamo—. Y esto. Y esto también, supongo, salvo que el caramelo sea mío y no me acuerde.

—Perdona, qué desastre —dijo Clara—. Soy así de elegante siempre.

—No, no, me has alegrado la mañana. Llevaba una hora con un informe y lo más emocionante que me había pasado era el azúcar.

Se llamaba Vera. Le devolvió las llaves, Clara le dio las gracias, y ahí tendría que haberse acabado. Una sonrisa, cada una a su mesa, fin. Pero Vera señaló la pantalla del portátil de Clara, que se había quedado en una foto de fondo de los Picos de Europa, y preguntó si había subido al Naranjo de Bulnes. Y Clara, que no había subido, contestó que no pero que lo tenía en la lista desde hacía diez años. Y Vera se rió y dijo que ella tenía una lista igual, y que la cosa más vieja de su lista era aprender a tocar el acordeón.

Diez minutos después, Vera había movido su silla.

«Hay gente que habla contigo y hay gente que te enciende la luz de una habitación que no sabías que tenías.»

Una charla sin importancia

Vera trabajaba restaurando fósiles en un museo. Lo contó como quien cuenta que trabaja en una gestoría, y luego se pasó cinco minutos explicando con las manos cómo se pega la vértebra de un animal que murió hace dos millones de años, y Clara se descubrió escuchando de verdad, con los codos en la mesa, como en el colegio cuando un profesor le caía bien.

Hablaron de todo y de nada. De que el transbordo de Diego de León es una forma de castigo. De que en Madrid haces cola para cualquier cosa y te da igual porque al menos en la cola hablas con alguien. De que Vera había vivido en Lisboa y había vuelto porque echaba de menos «el ruido bueno» de aquí. De que Clara trabajaba en una aseguradora y no le apasionaba, pero que le pagaba el alquiler y los viajes, y que eso ya era mucho.

Vera era de esas personas que preguntan y luego escuchan la respuesta. Que se acuerdan de lo que has dicho cinco minutos antes y te lo devuelven. Brillante sin hacerse la lista. Graciosa sin hacerse la graciosa. Y amable de una forma que no parecía educación, sino interés de verdad.

Pero lo que descolocó a Clara no fue la conversación.

Fueron los ojos.

Vera miraba mucho. Mientras hablaba y mientras escuchaba. Y Clara, que no era de sostener miradas, se dio cuenta en algún momento de que llevaba un buen rato sosteniéndola. Y de que, cada vez que la sostenía, algo se le encendía debajo del esternón. No era incomodidad. Era otra cosa. Una especie de vértigo, como cuando el ascensor arranca de golpe y el estómago se te queda un piso más abajo.

Bajó la vista al café. Lo volvió a levantar. Vera seguía ahí, contando no sé qué de un mamut, y la miró otra vez. Y otra vez el ascensor.

Lo que no tenía nombre

Clara había tenido novios. Varios. El último, Dani, cinco años. Un buen tío. Sofá, series, cenas en casa de sus padres los domingos. Lo habían dejado hacía un año sin dramas, casi con alivio, como quien apaga una tele que nadie estaba viendo. Y nunca, ni con Dani ni con ninguno de antes, había sentido esto. Esto que era tan sencillo y tan bestia a la vez: querer que una conversación no se acabara.

Se dio cuenta de que se estaba fijando en cosas. En que Vera se apartaba un mechón detrás de la oreja cuando pensaba. En que se reía primero con los ojos y luego con la boca. En que tenía una pequeña cicatriz en el dorso de la mano y le apeteció preguntarle cómo se la había hecho, no por cotillear, sino porque quería saberlo todo.

Y ahí, con el café ya frío y la batería del portátil muerta, Clara lo pensó por primera vez con palabras: me está gustando una mujer.

No le dio miedo exactamente. Le dio algo parecido a cuando abres una puerta en una casa donde llevas años viviendo y descubres que había otra habitación.

La despedida

Vera miró el reloj y se llevó las manos a la cabeza.

—Llego tardísimo. Había quedado con mi hermana hace veinte minutos y me va a matar.

Recogió sus cosas a toda prisa: el informe, la chaqueta, el móvil. Se colgó el bolso cruzado, como quien ha aprendido la lección viendo el de otra.

—Me ha encantado, de verdad —dijo. Y le tocó el hombro un segundo al pasar. Un segundo—. Cuidado con ese bolso, que es un peligro público.

Y se fue. La campanilla de la puerta, el jersey verde cruzando la calle, y ya.

Clara se quedó sentada con la mano todavía sobre la taza.

¿Qué había sido eso? ¿Era lesbiana? ¿Bisexual? ¿Se puede ser algo a los treinta y cuatro de repente, un sábado, por un bolso? ¿Y por qué narices no le había pedido el teléfono?

Repasó la conversación entera buscando una pista. Si Vera había notado algo. Si aquellas miradas habían sido lo mismo para ella o solo la forma de mirar de una persona simpática. Si el toque en el hombro significaba algo o era solo un toque en el hombro. No tenía ni idea. No tenía su apellido, ni su Instagram, ni el nombre del museo. Tenía un mamut, un acordeón y una cicatriz en una mano.

El camarero pasó por su lado y señaló la taza vacía.

—¿Te pongo otro?

Clara miró la puerta. Luego la silla que Vera había dejado mal colocada, todavía girada hacia ella.

—Sí —dijo—. Ponme otro.

Por si acaso volvía.

¿Y si de repente te gusta una mujer?

A Clara le pasa algo que les pasa a muchísimas mujeres: descubrir a los treinta, a los cuarenta o cuando sea que te gusta una chica, después de toda una vida con novios. No hay que ponerle etiqueta esa misma tarde. Ni lesbiana, ni bisexual, ni nada. Hay tiempo.

Lo que sí ayuda es tener cerca a gente que ya ha pasado por ahí y con la que puedas hablar sin que nadie te mire raro. Para eso, entre otras cosas, existe nuestro grupo de chicas.

La Tribu Sáfica 🔮

La próxima vez,
que no se te escape.

Tenemos un Telegram privado de chicas en Madrid. Quedadas, cafés, planes que no salen en ningún cartel y gente con la que hablar de estas cosas, estés en el punto en el que estés. Aquí nadie te pide carnet de nada.

Entrar en el radar 🕵️‍♀️

⚠️ Hay filtro y hay lista de espera. No entra cualquiera. Si vienes a sumar, la puerta está abierta.

¿Te ha pasado algo así?

Un cruce de miradas en un café, una conversación que no querías que acabara, un teléfono que no pediste. Muchos de estos microrrelatos salen de cosas que nos contáis vosotras. Cuéntanoslo: te cambiamos el nombre y lo convertimos en relato. Anónimo siempre, salvo que tú digas lo contrario.

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