Emigró a vivir a otra ciudad y, por supuesto, no conocía a nadie. Entonces se compró un longboard, esos skates largos que deslizan como si surfearas por la ciudad. Se fue a una pequeña tienda que había allí y se llevó uno.
Resulta que en la ciudad no había demasiados skaters. Y lo mejor de todo: él no tenía ni idea de patinar. Pero se aburría como una ostra y tanta televisión le estaba matando. Así que se fue con su skate y se dedicó a patinar por las calles.
Al poco tuvo que volver a la tienda a por unas zapatillas, porque los skates destruyen los zapatos convencionales. En la tienda había otras personas, mayormente chiquillos, pero gente de todas las edades. Uno de ellos le preguntó por la tabla que llevaba. Una charla casual. Otro le dijo que mirase qué zapatillas había allí.
Nada importante. Al menos no para él en aquel momento.
🛹 El efecto extraño
Con el tiempo pasó algo curioso. Esa escasez de skaters había generado un efecto raro: no había apenas tiendas, así que cuando iba patinando por la calle, de repente veía a lo lejos pasar al chico de la tienda.
Otro día estaba patinando solo y un chico le alcanzó por detrás.
— Te vi a lo lejos, cómo me ha costado alcanzarte. ¿A dónde ibas?
— A ninguna parte, solo estoy patinando.
— Yo tengo que ir hacia allí, ¿te vienes?
— ¡Claro! Voy contigo.
No empezó en ningún momento concreto. Ocurrió gradualmente y se dio cuenta de golpe. De repente vio que pertenecía a una especie de tribu extraña. Una tribu de gente que recorría la ciudad de un lado para otro y había renunciado a ver la televisión.
Daba igual el día, daba igual la hora. Un sábado a la una de la mañana, un camino perdido. En cualquier lugar podía encontrarse a alguien patinando. Y sabía que, conociéndolo o no, se lo acabaría cruzando en la tienda de skates. Esos escasos metros cuadrados donde, al entrar, alguien te podía decir:
«¡Hey! Te vi la semana pasada en el puerto»
🧭 El cordón umbilical
Ir sobre el longboard, o llevarlo bajo el brazo, era el cordón umbilical con la gente.
Una ciudad hostil, cientos de desconocidos espolvoreados con pequeñísimos puntos familiares: amistades, conocidos, una ilusión compartida. La ciudad seguía sintiéndose extraña, pero de pronto podías reconocer a alguien entre la multitud. Ni siquiera sabías dónde iba a ocurrir. Te sorprendía en cualquier parte. Cuando menos lo esperabas, alguien aparecía.
De repente, pertenecías a la ciudad.
Siempre había alguien, en alguna parte. Y si no te cruzabas con nadie, tampoco importaba: estabas con tu skate deslizándote y alucinando con las vistas. Y si por lo que fuera te sentías muy solo y muy aburrido, siempre podías pasarte por la tienda a mirar zapas. Porque allí siempre acababa apareciendo alguien que te decía:
«¿Me dejas probar tu longboard?»
