Cuadernos de la Tribu · I
Arquitectos de la soledad
Culpamos al móvil. Pero el móvil llegó después. Antes desaparecieron los sitios donde ocurrían las cosas, y nadie se dio cuenta porque desaparecieron de uno en uno.
Siempre se habla de una sensación de desconexión entre las personas. Como que no sabes exactamente qué, pero está por todas partes. Todos culpamos al móvil, pero es algo más. Bastante más.
Si uno lee literatura española de la época bohemia, uno se lleva una sorpresa. No son las historias, sino que puedes ver que la gente hacía de todo, estaban por todas partes. Los mentideros de Madrid, las tabernas, las parroquias, las plazas: la gente estaba allí. Las personas se reunían en entornos públicos en todas partes. La conexión era la norma, el estado por defecto del ser humano. Podemos discutir otro tipo de parámetros, pero la vida discurría de ese modo.
Y los años posteriores recibieron esa herencia. Los videoclubs, las tiendas de discos, el estanco, el bar de abajo. Cualquier microevento de tu vida te llevaba a una pequeña interacción. En la tienda de discos, el cliente le podía preguntar al dueño si le podía poner el disco, comentaban el grupo, la calidad, lo que fuera. Cualquier pequeño acto de tu vida te llevaba a una pequeña interacción.
Los contactos casuales no eran menores
Todos esos contactos no eran menores, aunque se quedasen en la pequeña interacción. Sentías que todo tu entorno formaba parte de ti. Las personas pertenecían al flujo de la vida: en un día cualquiera estaba el de la tienda de discos de siempre, el panadero, el camarero; de camino al bar te encontrabas con el del gimnasio, que te saludaba.
Y además la vida es un juego de números. Estar siempre en contacto con personas hacía que pudiese surgir un romance, una amistad, una anécdota. En la vida siempre estaban pasando cosas. No porque la gente fuera mejor, sino porque el mundo estaba diseñado de tal forma que las cosas ocurrían solas.
Hay una anécdota un poco dura, que es digna de ser mencionada. Si juegas a videojuegos, quizás conozcas esos juegos donde hay misiones secundarias. Donde espontáneamente alguien se cruza contigo y te da un encargo. Son juegos que triunfan muchísimo. Esa sensación de vitalidad, de anécdota, de descubrir, de pertenecer a ese universo que han creado, a esa vida que ahí se respira.
Pagamos por habitar mundos donde te pasan cosas al salir a la calle. Y luego salimos a la calle de verdad y no nos pasa nada.
Por qué viajamos solos
Ese es uno de los motivos de los viajes solitarios. Porque somos extraños en nuestras propias ciudades. No pasan cosas en nuestra ciudad.
Sin embargo, cuando salimos a viajar, la situación de soledad y nuestro propio estado mental nos lleva a abrirnos. En el hostel hay otra persona en nuestra misma situación. Nuestra situación vital nos quita la vergüenza de acercarnos a alguien para preguntarle cómo llegar a un sitio. Eso inicia una conversación, un contacto, una aventura.
Nos gustan los viajes solos porque, irónicamente, estamos menos solos que en nuestras propias ciudades. Vas al trabajo, al gimnasio, al supermercado, y no ocurre nada. Vas, ejecutas y te vuelves.
El móvil no es la causa. Es el refugio
Se dice siempre que los móviles tienen la culpa, y eso tiene parte de verdad. Pero los móviles también son la consecuencia.
Una vez, hablando con un amigo, me dijo: «yo obligué a mi hijo a salir de casa a jugar, pero estuvo todo el día solo por la calle. Sus amigos están online jugando». Una cosa llama a la otra, pero no es exclusividad de a lo que culpamos. Las pantallas nos aíslan, pero no siempre generan el problema. A veces son el lugar en el que te metes cuando ya no sabes qué hacer con tu día. Cuando has ido al gimnasio y no ha ocurrido nada.
Piensa en algo tan pequeño como ver una película. Ya no existe un sitio donde ir a recogerla, donde comentar con el dueño cuál tiene y cuál no. Rebuscar entre las películas era, en sí mismo, una experiencia. Hoy estás en casa con un catálogo entero disponible y tu única experiencia sensorial es mover un poquito el pulgar para pasar de una a otra. Ya no hay una portada desgastada, otra brillante, otra bonita; coger una cinta, su peso, su olor, caminar para ver la siguiente.
Parece una tontería, parece menor. Pero la mayor parte de nuestras actividades sustitutivas son luz en los ojos y poco más. Nada de movimiento, nada de participación. Una pasividad frente a unas imágenes. Nuestro cuerpo casi inerte —o con suerte comiendo algo— visualizando cosas. Las que sean: la serie, el short, la película, el meme.
El bar del Fary
Hay un vídeo que una vez me llamó la atención. Era una entrevista al Fary. Y lo que más me llamó la atención es lo que no se veía en el reportaje.
Estaban en un bar, humilde. En el bar contaban una historia, y en la historia percibías que había gente mayor hablando con jóvenes. Una anécdota cualquiera en la que ves que la brecha generacional no era tan fuerte. Estaban todos ahí, juntos, soportándose incluso, si me lo permitís.
Si uno se entretiene en ver vídeos de un tiempo anterior, puede ver cómo las actividades de las personas eran más colectivas, más pertenecientes al flujo de la vida.
Ahora bien: no idealicemos
Aquellos bares también excluían. Aquella taberna donde todos se conocían era acogedora si eras del molde, y bastante hostil si no lo eras. Muchas de las personas que hoy formamos esta comunidad no habríamos podido entrar de la mano en ese bar tan lleno de vida. Así que no se trata de volver atrás. Se trata de recuperar el encuentro sin la parte que dejaba gente fuera. Eso no es nostalgia: es una obra pendiente.
Ya solo quedan dos estructuras
Hoy por hoy solo hay dos grandes estructuras que te mantienen dentro del flujo: el instituto y la universidad. Fuera de ahí, prácticamente no hay nada.
Por eso los grupos de amigos de casi todo el mundo vienen de esas dos etapas. Por eso conocer gente después de los treinta parece una habilidad exótica que hay que aprender. No es que la gente se vuelva antipática con la edad: es que a partir de cierto momento nadie te asigna una estructura, y nadie te avisa de que tendrás que construírtela tú.
Una vez sales de ahí, suerte ahí afuera. Siempre nos quedará el hostel.
O construyes tú la estructura, o no hay estructura
Y aquí es donde queríamos llegar, porque este texto no va de lamentarse.
Si las estructuras que producían encuentro han desaparecido —el videoclub, la tienda de discos, la parroquia, el bar donde convivían tres generaciones—, entonces hay que fabricarlas a mano. Deliberadamente. Sabiendo que ya no vienen dadas y que nadie va a construirlas por nosotros.
Eso significa aceptar una cosa incómoda: que la vida social espontánea, esa que nuestros abuelos tenían sin proponérselo, hoy hay que organizarla. Que alguien tiene que decir un día, una hora y un sitio. Que hay que aparecer aunque dé pereza. Que la segunda vez que vas es más importante que la primera, porque es cuando dejas de ser un desconocido. Que el encuentro casual ya no es casual: es una infraestructura que se levanta a base de constancia.
Suena poco romántico comparado con la taberna del Fary. Pero es lo que hay, y funciona. Lo sabemos porque llevamos un tiempo haciéndolo en el barrio de Chueca: gente que no se conocía de nada y que ahora queda a jugar a juegos de mesa un martes cualquiera; alguien que aterriza en Madrid sin conocer a nadie y a los tres días está tomando algo con cuatro personas; una plaza a la que dejarse caer cuando la ciudad te ha movido de sitio otra vez.
No es magia ni es nostalgia. Es que alguien decidió construir el sitio donde ocurren las cosas, en vez de esperar a que ocurrieran.
Los arquitectos de la soledad no fueron los móviles. Fuimos todos, poquito a poco, cada vez que aceptamos que un servicio a domicilio sustituyera a un sitio donde había gente. La buena noticia es la simétrica: si la soledad se construyó, lo contrario también se puede construir. Cuesta más que pedir una cena a domicilio. Pero se puede.
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Este texto es el primero de una serie sobre lo mismo, escrita desde Chueca y desde la práctica, no desde la teoría.
El siguiente cuenta cómo se manifiesta esto en una ciudad concreta y qué se puede hacer al respecto: Madrid es una máquina de generar soledad si no estás atento.