Microrelato Sáfico: La otra austríaca

Microrrelatos Sáficos · Nº 001

La otra austriaca

Un relato lésbico corto sobre mudarse a Madrid, un hostel de Chueca y un recepcionista que lo vio todo antes que nadie.

¿Qué son los microrrelatos sáficos?

Los microrrelatos sáficos son historias breves de ficción, normalmente de menos de 1.500 palabras, protagonizadas por mujeres que se enamoran de mujeres. Se leen de una sentada. En PrideChueca los escribimos ambientados en Madrid: en un portal de Chueca, en la cola del metro, en una terraza de Malasaña. Ficción corta, real y de barrio.

Lena llegó a Madrid un martes de septiembre con dos maletas, y una de ellas con la rueda rota. Ese detalle es importante porque durante las tres primeras semanas de su vida en esta ciudad, el sonido que hacía esa maleta arrastrándose por el adoquinado fue básicamente su banda sonora personal. Un chirrido lastimero, cada dos por tres, recordándole que se había mudado a un país entero sin tener del todo claro por qué.

El hostel estaba en una calle estrecha de Chueca, de esas donde a las once de la noche todavía hay gente cenando en la acera y a las siete de la mañana huele a lejía y a pan. Habitación compartida, litera de arriba, doce euros la noche. Lo había cogido para dos semanas mientras encontraba piso. Se quedó cinco.

La chica de la cocina

La vio por primera vez un jueves, a las ocho de la mañana, peleándose con la cafetera comunitaria. Pelo corto, camiseta enorme, cara de no haber dormido. Lena entró, la chica levantó la vista, y ahí pasó lo que pasa a veces: los dos segundos que duran tres.

Nadie dijo nada. La chica volvió a la cafetera. Lena cogió un vaso de plástico que ni siquiera necesitaba y se fue a beber agua al pasillo como una idiota.

A partir de ahí empezó la coreografía. Se cruzaban en la escalera y se apartaban las dos hacia el mismo lado. Coincidían en la lavadora y se sonreían con la boca cerrada. Una noche Lena subió a la terraza a fumar un cigarro que no le apetecía y la chica ya estaba allí, sentada en el suelo con el móvil apagado, y las dos se quedaron veinte minutos en silencio, mirando los tejados, con el corazón haciéndoles cosas raras en el pecho.

«En Austria tampoco es que te enseñen a hacer esto. Simplemente allí hace más frío y tienes una excusa mejor para no salir del abrigo.»

Porque ese era el problema. No era falta de ganas. Era que ninguna de las dos tenía absolutamente ninguna herramienta. Lena había ensayado mentalmente unas cuarenta frases de apertura en tres idiomas y todas le sonaban a interrogatorio policial. La otra, después se enteraría, había estado haciendo exactamente lo mismo desde el otro lado del pasillo.

Diecinueve días. Diecinueve días de miradas de tres segundos y de cero palabras.

Chema, el recepcionista

En la recepción del hostel había un tío de unos cincuenta y muchos que se llamaba Chema. Chema tenía un cuaderno de sudokus, una radio pequeña siempre sintonizada en un programa de tertulia deportiva y una capacidad prodigiosa para parecer que no se estaba enterando de nada.

Chema se estaba enterando de todo.

El domingo por la tarde coincidieron las dos delante del mostrador por pura casualidad. Lena venía a preguntar si le podían guardar la maleta un día más. La otra venía a por toallas limpias. Se pusieron una al lado de la otra sin mirarse, tiesas como dos farolas.

Chema levantó la vista del sudoku, las miró medio segundo, y dijo, con el tono más neutro del mundo, como quien comenta el tiempo:

—Oye, esta chica también viene de Austria. Igual te puede echar un cable con tus dudas de la ciudad.

Y volvió al sudoku.

El silencio que se produjo después fue de los que se pueden cortar. Lena se giró. La otra se giró. Y las dos se pusieron rojas al mismo tiempo, lo cual, objetivamente, es una de las cosas más ridículas que le pueden pasar a dos adultas.

—¿En serio? —dijo Lena, en alemán, y le salió la voz de otra persona.

—De Graz —dijo la otra—. Ida. Llevo aquí año y medio.

—Lena. De Linz. Llevo… —miró el reloj sin ningún motivo— tres semanas.

Y entonces empezaron a hablar y fue un desastre precioso. Hablaron del metro, que Ida juraba que era el mejor de Europa y Lena decía que los transbordos estaban diseñados por un sádico. Hablaron de que en Madrid nadie cena antes de las diez. De que el agua del grifo aquí está buenísima y en Austria nadie se lo cree. Hablaron muy rápido, atropellándose, riéndose de cosas que no tenían gracia, con las manos ocupadas en cualquier cosa —el asa de la maleta, el borde de la toalla— para que no se notara que temblaban.

Llevaban unos diez minutos así, de pie, incapaces de sentarse ni de irse, cuando Chema volvió a levantar la vista del cuaderno.

—Ahí enfrente tenéis una cafetería muy cómoda.

La mirada

Salieron. Ida iba delante, empujando la puerta, diciendo algo sobre que el café de allí era normalito pero que las mesas del fondo eran buenas. Lena la seguía a medio metro, todavía procesando.

Y en el escalón de la puerta, con un pie ya en la calle, lo entendió.

Chema no había dicho aquello por casualidad. Chema llevaba diecinueve días viéndolas hacer el paripé por su recepción. Diecinueve días de escaleras, de lavadoras y de terraza. Y aquella tarde, viéndolas ahí plantadas una al lado de la otra sin ser capaces de decirse nada, había decidido meter la mano.

Ese hombre les había ligado. Con un sudoku en la mano y una excusa de mierda sobre Austria, ese hombre les había ligado.

Lena se giró.

Chema ya la estaba mirando. Llevaba mirándola desde que había cruzado la puerta, esperando exactamente ese momento. No sonrió. No guiñó un ojo. No hizo ninguno de esos gestos de comedia romántica que hubieran arruinado la cosa. Simplemente sostuvo la mirada dos segundos, con una cara de tranquilidad absoluta, como quien ha resuelto un problema técnico menor.

Y Lena le dio las gracias sin mover los labios. Solo con los ojos. Y él le contestó igual: de nada, anda, tira.

Después bajó la cabeza y siguió con el sudoku.

Se tomaron aquel café. Duró cuatro horas. Y esa es otra historia.

La Tribu Sáfica 🔮

En Madrid pasan estas cosas.
El problema es enterarse.

Tenemos un Telegram privado de chicas. Ahí se cuecen las quedadas, los planes que no salen en ningún cartel y los sitios donde no hace falta que un recepcionista te eche un cable para hablar con alguien.

Entrar en el radar 🕵️‍♀️

⚠️ Hay filtro y hay lista de espera. No entra cualquiera. Si vienes a sumar, la puerta está abierta.

¿Tienes tú una historia así?

Esto es el número 001. La idea es publicar un microrrelato sáfico nuevo cada mes, y muchos van a salir de cosas que nos contáis vosotras. Si te pasó algo en un portal, en una barra, en un vagón de la línea 5 o en la cola de un baño, cuéntanoslo. Lo escribimos, te cambiamos el nombre y lo convertimos en relato. Anónimo siempre, salvo que tú digas lo contrario.

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