Micro Relato Sáfico: Hora punta en la línea 5

Microrrelatos Sáficos · Nº 003

Hora punta en la línea 5

Un relato lésbico corto en el metro de Madrid: una florista con una planta gigante, una abogada con un abrigo impecable y un túnel que no estaba en los planes de nadie.

Antes de empezar

Tercer microrrelato sáfico de PrideChueca. Ficción corta y de barrio, en sitios reales de Madrid. Antes vinieron La otra austriaca, en un hostel de Chueca, y Lo que se cayó en Casto, en un café. Hoy bajamos al subsuelo. Y no empieza bien.

8:47, andén de Chueca

Nuria tenía treinta y un años, una floristería diminuta que le daba para vivir justito y, aquella mañana de octubre, una monstera de metro veinte en una maceta de barro que pesaba como un niño de cinco años. Se la había quedado un cliente que se mudaba a Berlín y la llevaba a la tienda porque en su piso ya no cabía ni ella.

Llevar una planta así en la línea 5 en hora punta es una de esas decisiones que solo parecen buenas a las ocho de la mañana sin café.

El vagón llegó lleno. Nuria entró igual, de lado, abrazada a la maceta, pidiendo perdón a todo el mundo como quien atraviesa una boda. Entonces sonó el pitido de cierre de puertas, alguien empujó desde atrás, la maceta se inclinó y un puñado generoso de tierra húmeda aterrizó, con una precisión casi artística, sobre el abrigo color camel de la mujer que tenía delante.

Un abrigo impecable. De los que se ven a la legua que no se compran en rebajas.

La mujer bajó la vista hacia la mancha. Muy despacio. Luego la levantó hacia Nuria. Tendría cuarenta y pocos, el pelo recogido sin un solo mechón fuera de sitio y una carpeta de documentos abierta, subrayados con pluma. No con boli: con pluma.

—Perdón, perdón, perdón —dijo Nuria, y por puro instinto acercó la mano para sacudirle la tierra.

—No me toques el abrigo. Creo que ya has hecho suficiente por él.

La temperatura del vagón bajó tres grados. Dos señores que iban al lado miraron al suelo con la solidaridad de quien se alegra de no ser tú.

La reina de hielo

Nuria no sabía estarse callada. Era un defecto de fábrica. Así que, con la maceta todavía abrazada y la cara roja, hizo lo que hacía siempre que algo salía mal: hablar.

—Es una monstera. Se llama Manolo. No es excusa, pero para que sepas quién te ha atacado.

La mujer ni siquiera levantó la vista de la carpeta.

—Me da exactamente igual cómo se llame tu planta.

Y siguió subrayando. Una línea recta, perfecta, como hecha con regla, en un vagón que se movía como una batidora. Nuria se quedó mirándola. No por enfado. Por curiosidad. Todo el vagón iba pegado al móvil y aquella mujer no lo había sacado ni una vez. Leía un contrato a las nueve menos diez como quien lee una novela. Había algo casi admirable en tanta frialdad. Como un edificio de cristal en mitad de una verbena.

«Hay personas que parecen de hielo. Y luego te das cuenta de que el hielo es lo que se ponen encima para que no se les note el temblor.»

El túnel

Entre Chueca y Gran Vía, el tren frenó en seco. Las luces parpadearon. Silencio. Ese silencio especial del metro parado, en el que de repente oyes respirar a desconocidos.

«Señores viajeros, por una incidencia en la línea, el tren permanecerá detenido unos minutos.»

Resoplidos. Alguien dijo «lo que me faltaba». Un chaval puso una canción sin cascos.

Y Nuria, que tenía a la mujer del abrigo a treinta centímetros, notó algo que nadie más en aquel vagón estaba viendo. La pluma se había parado a mitad de línea. Los nudillos de la mano que sujetaba la carpeta se habían puesto blancos. Y la respiración, que hasta entonces había sido tan ordenada como sus subrayados, se había vuelto corta, rápida, de pecho para arriba.

Nuria no le preguntó si estaba bien. Sabía que esa pregunta, delante de un vagón entero, era lo peor que se le podía hacer a alguien así. En lugar de eso, bajó la voz.

—Oye. ¿Me sujetas a Manolo un momento? Se pone nervioso en los túneles.

La mujer la miró como si le hubiera hablado en sueco. Pero dos segundos después cerró la carpeta, se la metió bajo el brazo y cogió la maceta con las dos manos. Muy fuerte. Como quien se agarra a una barandilla.

—¿Sabes por qué tiene las hojas con agujeros? —siguió Nuria, en el mismo tono tranquilo, como quien comenta el tiempo—. En la selva hay tormentas muy bestias. Si las hojas fueran enteras, el viento las rompería. Así que la planta se las agujerea ella sola. Deja pasar el aire y aguanta.

Silencio. La respiración de la mujer, un poco más lenta.

—¿Ella sola? —preguntó.

—Ella solita. Nadie le enseña.

—Qué estrategia tan inteligente.

Lo dijo sin hielo. Por primera vez. Y levantó la vista de las hojas, y se quedaron mirándose en aquel vagón parado, con la luz amarillenta y un reguetón de fondo, más tiempo del que dos desconocidas se miran en el metro de Madrid.

—Soy claustrofóbica —dijo la mujer, muy bajito—. No lo sabe nadie.

Nuria asintió despacio.

—Pues ya lo sabemos dos. Bueno, tres. Manolo es una tumba.

Y la mujer del abrigo camel se rió. Una risa corta, sorprendida, como si se le hubiera escapado por una puerta que llevaba años cerrada con llave. Nuria pensó que habría pagado por volver a oírla.

Gran Vía

El tren arrancó con un tirón. Seis minutos de túnel que habían parecido una hora y, a la vez, nada. En Gran Vía, la mujer le devolvió la maceta con cuidado, como quien devuelve algo prestado de verdad.

—Gracias —dijo. Y luego, ya con un pie en el andén, se giró—. Y siento lo del abrigo. No, espera. La culpa era tuya.

Sonrió. Media sonrisa, de lado, peligrosísima. Las puertas se cerraron y Nuria se quedó con la frente casi pegada al cristal, viéndola alejarse por el andén con la espalda recta y la mancha de tierra en el abrigo, sin saber ni cómo se llamaba.

No fue hasta llegar a la floristería, al dejar a Manolo junto al escaparate, cuando lo vio. Clavada en la tierra de la maceta, de pie, como una banderita, había una tarjeta de visita. Elena Arteaga. Abogada. Y por detrás, con una letra de pluma perfecta, recta como sus subrayados:

«Factura de la tintorería. O un café. Tú eliges.»

Nuria se quedó mirando la tarjeta un buen rato. Luego miró a Manolo.

—No me mires así —le dijo—. Obviamente voy a elegir el café.

La reina de hielo y la cálida: por qué nos encanta

Es uno de los arquetipos más leídos de la ficción sáfica: una mujer fría, exigente, con todo bajo control, y otra luminosa y algo caótica que le encuentra la grieta. Lo que engancha no es el hielo, sino el momento en que se derrite, y que solo se derrita con ella. Elena se ríe una vez en todo el relato. Esa risa es el relato.

La Tribu Sáfica 🔮

No hace falta que se pare el metro
para conocer a alguien.

Tenemos un Telegram privado de chicas en Madrid. Quedadas, cafés, escaladas, planes que no salen en ningún cartel y gente que merece la pena. Sin túneles ni macetas de por medio.

Entrar en el radar 🕵️‍♀️

⚠️ Hay filtro y hay lista de espera. No entra cualquiera. Si vienes a sumar, la puerta está abierta.

¿Te ha pasado algo en el metro?

Un vagón parado, una mirada en el andén, un transbordo eterno que acabó en algo más. Muchos de estos microrrelatos salen de cosas que nos contáis vosotras. Cuéntanoslo: te cambiamos el nombre y lo convertimos en relato. Anónimo siempre, salvo que tú digas lo contrario.

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